Davos 2026 mostró un giro del Foro Económico Mundial, que abandona el discurso progresista y acepta las reglas del nuevo orden geopolítico liderado por Estados Unidos
El Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) cerró su edición 2026 con una señal clara: la narrativa del consenso globalista quedó atrás. Bajo presión directa de Estados Unidos y en medio de cambios en materia geopolítica, el foro asumió una postura más alineada con el poder real, aceptando en los hechos la lógica del nuevo orden mundial encabezado por Washington.
Así, el punto de inflexión fue la intervención del presidente estadounidense, Donald Trump, quien condicionó públicamente a ocho países europeos —entre ellos Reino Unido, Alemania y Francia— con nuevos aranceles si no respaldaban su plan de adquirir Groenlandia. A diferencia de ediciones anteriores, donde estas posturas eran recibidas con cautela o resistencia, la cúpula del foro optó esta vez por dar escenario, tribuna y validación diplomática al mandatario norteamericano.
Durante su discurso, Trump confirmó que no usará la fuerza militar para tomar Groenlandia, pero también dejó una frase que congeló a muchos en la sala: "A veces es necesario un dictador". Ninguna delegación occidental lo confrontó públicamente. El aplauso fue tibio, pero la estructura del Foro no lo contradijo.
A nivel diplomático, las reacciones se dividieron entre el repliegue y la adaptación. Christine Lagarde, titular del Banco Central Europeo, abandonó la cena oficial del WEF tras declaraciones del secretario de Comercio estadounidense, Howard Lutnick, en las que criticó la postura "obstruccionista" de Bruselas. También lo hicieron otros funcionarios europeos, pero sin trascendencia política.
En ese mismo clima, el primer ministro canadiense, Mark Carney, lanzó una advertencia a las llamadas potencias medias: "Si no estamos sentados a la mesa, estaremos en el menú". Su mensaje, más estratégico que ideológico, instó a formar alianzas pragmáticas ante la política exterior de Estados Unidos. "Hay un sistema de rivalidad creciente entre grandes potencias, donde los más poderosos persiguen sus intereses usando la integración económica como coerción", se justificó.
Por su parte, la titular de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, evitó confrontaciones directas y optó por una línea técnica: llamó a los países de la Unión Europea a profundizar la integración energética y financiera, aunque expresó sin temor que "la nostalgia no traerá de vuelta el viejo orden".
Friedrich Merz, canciller de Alemania, también asumió el tono realista: "Hemos entrado en una época de política de grandes potencias". Propuso una Europa menos burocrática y más orientada al servicio, según compartió tras reunirse con la primera ministra italiana, Giorgia Meloni.
La presencia de figuras como Larry Fink, CEO de BlackRock y copresidente interino del Foro, marcó el respaldo empresarial a este cambio de eje. Al darle la bienvenida a Trump en el escenario principal, el mensaje institucional quedó sellado.
Durante la misma jornada, el presidente de Argentina, Javier Milei, respaldó sin matices la visión de poder firme planteada en el Foro. "Maquiavelo ha muerto", sentenció ante el auditorio en el inicio de su discurso. "Lo justo no puede ser ineficiente y lo eficiente justo", afirmó al defender que justicia y eficiencia deben ser entendidas como un binomio funcional desde el análisis dinámico. Su intervención fue recibida con atención por líderes y empresarios que ven en su discurso una lectura cruda, pero alineada con la dirección que hoy marca el nuevo orden mundial.
Con menos discursos sobre inclusión, transición verde o equidad global, y más sobre poder, competencia y soberanía, el Foro de Davos 2026 confirmó que el progresismo perdió centralidad. Así, pudo leerse entre líneas que el nuevo orden no se discute: se negocia bajo las condiciones impuestas por quien puede sostenerlas. Y en Davos, quedó más claridad de los siguientes pasos en la geopolítica.