Con síntomas similares a un resfriado común, la coqueluche puede complicarse en bebés y sigue activa durante todo el año
La tos convulsa, o coqueluche, es una enfermedad infecciosa la cual volvió a cobrar relevancia sanitaria en Argentina tras varios años de descenso en los registros oficiales. Su aumento reciente refleja un problema acumulado: la baja cobertura de vacunación infantil persistente desde la pandemia de 2020. Esta situación afecta principalmente a menores de un año, quienes aún no tienen completo su esquema de inmunización.
Durante enero de 2026, los casos confirmados de coqueluche superaron ampliamente los del mismo mes del año anterior. Los registros muestran un crecimiento superior al 100% en comparación con enero de 2025, y más de un 3000% si se toman como referencia los promedios del mismo período entre 2019 y 2025. En 2025 se notificaron más de 1200 casos positivos y se confirmaron 11 muertes por complicaciones vinculadas a la enfermedad.
La infección es provocada por la bacteria Bordetella pertussis, la cual afecta las vías respiratorias y se transmite con facilidad mediante el contacto directo con secreciones de personas infectadas. Suele comenzar con síntomas leves, similares a los de un resfriado común, pero progresa rápidamente hacia una tos persistente, seca y violenta. En los lactantes, esta tos puede generar episodios de apnea, coloración azulada en la piel y dificultades respiratorias graves.
Uno de los principales desafíos para contener su propagación es que los adultos, al cursar la enfermedad con síntomas leves o incluso sin manifestaciones evidentes, pueden actuar como transmisores sin saberlo. Esta característica convierte a la coqueluche en una amenaza silenciosa, especialmente para bebés menores de seis meses, quienes aún no están completamente protegidos.
A diferencia de otras enfermedades respiratorias, la tos convulsa no se presenta únicamente en invierno. Su circulación es continua a lo largo del año, con brotes detectados también en verano y en momentos de alta interacción social, como el inicio del ciclo escolar. Esto obliga a reforzar la vigilancia epidemiológica en todas las temporadas.
El esquema de vacunación obligatorio en Argentina contempla dosis a los 2, 4 y 6 meses de edad, un refuerzo entre los 15 y 18 meses, otro al ingreso escolar (5 años) y una dosis adicional a los 11 años. Además, se recomienda vacunar a todas las personas gestantes a partir de la semana 20, con el objetivo de transferir anticuerpos al recién nacido. También se indican refuerzos para personal de salud y educativo en contacto con menores.
Las autoridades sanitarias y sociedades científicas destacan la importancia de revisar los carnets de vacunación y completar los esquemas atrasados, especialmente en los menores de dos años. La interrupción de los controles pediátricos durante la pandemia contribuyó a la acumulación de esquemas incompletos, lo cual facilita la aparición de brotes.