A diferencia de otras monedas emergentes, el peso argentino subió tras los bombardeos en Irán y marcó un comportamiento atípico según operadores globales
El inicio de los ataques en Irán por parte de Estados Unidos e Israel generó un impacto inmediato en los mercados financieros internacionales. El precio del petróleo se disparó, el dólar ganó terreno frente a varias monedas y las divisas emergentes se debilitaron con rapidez. En ese escenario, la apreciación del peso argentino se posicionó como una anomalía global que sorprendió a los analistas.
Desde el 26 de febrero de 2026, fecha en que comenzó la ofensiva bélica en Medio Oriente, la moneda argentina se apreció cerca de 1% en su cotización oficial mayorista. Durante ese mismo período, el real brasileño cayó 1,2%, el peso mexicano retrocedió hasta 2,7% y monedas asiáticas como el baht tailandés y el peso filipino perdieron más de 3%, según datos de Adcap Grupo Financiero. Solo el peso colombiano compartió una evolución similar, con una suba de casi 2%.
En medio de un contexto adverso, la combinación de factores locales e internacionales permitió que el peso argentino mantuviera firmeza. El Banco Central de la República Argentina (BCRA) intervino activamente con compras en el mercado cambiario, acumulando más de 3.600 millones de dólares desde el inicio del año. El 19 de marzo, sumó otros 132 millones, aunque las reservas internacionales no crecieron por una baja cercana al 5% en el valor del oro.
Según el comportamiento reciente del índice DXY —que mide la fortaleza del dólar estadounidense frente a una canasta de monedas desarrolladas—, la tendencia se revirtió. Este indicador subió 1,5% en marzo, provocando caídas en el euro, que pasó de 1,18 a 1,15 dólares, y en otras monedas consideradas refugio, como el franco suizo y el yuan. A pesar de esta presión global, en Argentina el tipo de cambio perforó los 1.400 pesos y mostró una apreciación nominal no observada en países vecinos.
El fenómeno se explica, en parte, por una política monetaria restrictiva que mantiene tasas reales positivas, atrayendo flujos financieros de corto plazo. A su vez, el país se vio beneficiado por la suba del petróleo, debido a que su balanza comercial mejoró tras reducir la dependencia energética externa gracias a Vaca Muerta. Esta coyuntura energética operó en sentido inverso al de otras economías emergentes, las cuales sufrieron el alza del crudo como un costo adicional.
Por otra parte, la inflación en Argentina se mantuvo en torno al 2,9% mensual durante enero y febrero. En este contexto, la apreciación nominal del peso derivó en una apreciación real acumulada cercana al 10% en lo que va de 2026. Esta situación encarece los precios locales en dólares, una dinámica que algunos economistas observan con preocupación.
El equipo económico apuesta a sostener la estabilidad cambiaria como una herramienta para contener la inflación, sin modificar por ahora el régimen de restricciones cambiarias. La decisión de mantener el control de capitales responde a experiencias recientes de volatilidad, especialmente en el período electoral de 2025.
Aunque persisten dudas sobre la sostenibilidad de esta tendencia, la resiliencia del peso argentino frente a la presión global se destaca como un caso singular. En un contexto de guerra, suba de commodities y tensiones cambiarias regionales, Argentina logró —al menos por ahora— mantener su moneda firme y mejorar su posición en los mercados internacionales.