
Foto: Sergio F Cara (NotiPress)
Llevo tiempo observando cómo se transforman nuestras ciudades, y hay una inquietud que se repite cada vez que quiero entender un fenómeno urbano a fondo: los datos existen, pero están dispersos. Un censo aquí, un registro municipal allá, algún estudio académico enterrado en un repositorio universitario con acceso restringido. Esa dispersión no es un detalle menor. Es, me parece, una de las razones por las que tantas decisiones urbanas en México —dónde construir vivienda, hacia dónde extender el transporte, qué zonas fortalecer— se han tomado sin la evidencia que merecen.
Al explorar Centrar el Futuro, la plataforma que presentó el Centro para el Futuro de las Ciudades del Tecnológico de Monterrey, sentí algo infrecuente con este tipo de anuncios: entusiasmo genuino. Y quiero explicar por qué creo que esto es una buena noticia, y por qué debería importarle a cualquiera que investigue, gobierne o simplemente viva en una ciudad mexicana.
Empiezo por el hallazgo, porque es contundente. Entre 1990 y 2020, mientras la población urbana del país casi se duplicaba, las zonas centrales de 70 ciudades mexicanas perdieron 2.5 millones de habitantes y pasaron de concentrar 40% de la población metropolitana a solo 20%. No es una intuición ni una impresión anecdótica: es el resultado de comparar cuatro censos a lo largo de tres décadas, con una metodología que fue aceptada para publicación en Nature Communications, una de las revistas científicas más exigentes del mundo.
Aquí me detengo un momento, porque creo que este punto se puede pasar por alto con demasiada facilidad. El hecho de que esta investigación realizada en México, sobre ciudades mexicanas, con datos mexicanos, haya pasado ese filtro internacional no es un detalle protocolario. Significa que el método fue puesto a prueba por pares especializados de otras partes del mundo, cuestionado, revisado y finalmente validado con el mismo rigor que se le exige a cualquier hallazgo científico relevante, sin importar de dónde venga. Para alguien que sigue de cerca la producción de conocimiento sobre nuestras ciudades, esto significa tranquilidad: tenemos un diagnóstico en el que podemos confiar sin reservas.
Pero lo que más me entusiasma no es solo el hallazgo, sino la decisión de no dejarlo encerrado en un artículo académico que solo unos cuantos especialistas leerán. En https://centrarelfuturo.org/ cualquier persona —un investigador, un funcionario público, un periodista, un estudiante, alguien simplemente curioso— puede consultar mapas, datos e infografías organizados por ciudad. Esto, hasta donde sé, no existía antes de forma comparable para el país.
Ahora ese trabajo ya está hecho, es público, y puede usarse como punto de partida para preguntas nuevas: movilidad, mercado de vivienda, infraestructura pública, uso de suelo. Si estuviera arrancando una investigación sobre expansión urbana en México, esta plataforma sería mi primera parada, no la última.
Acceso abierto
Ese acceso abierto también cambia, en mi opinión, quién puede sentarse a la mesa de la conversación sobre el futuro urbano. Organismos internacionales que financian proyectos de desarrollo, asociaciones civiles que exigen mejores políticas de vivienda, gobiernos estatales que necesitan justificar inversión con evidencia sólida: todos ganan una herramienta común, con el respaldo de una publicación científica de primer nivel detrás. Y no es un tema menor: cuando la evidencia es pública y verificable, se reduce el margen para que las decisiones urbanas se tomen solo por intuición, por presión política o por el interés de quien tenga más influencia en el momento. Abre espacio, en cambio, para que la evidencia empiece a pesar tanto como la coyuntura, si no es que más.
Hay, además, un mensaje de fondo en todo esto que me parece el más importante. La plataforma no describe un destino inevitable ni nos condena a seguir viendo cómo se vacían nuestros centros urbanos mientras las periferias se expanden sin control. Muestra, con datos, que ese despoblamiento es resultado de decisiones acumuladas —sobre vivienda, transporte, uso de suelo, inversión pública— y que, por lo tanto, puede revertirse con otras decisiones, mejor informadas. Ese optimismo no es ingenuo ni gratuito: está construido sobre evidencia, no sobre buenas intenciones; es exactamente lo que necesita la conversación pública sobre ciudades en México: menos diagnósticos que resignan y más evidencia que habilita a actuar.
No pretendo decir que una plataforma, por sí sola, va a resolver los problemas urbanos de un país tan grande y desigual como el nuestro. Sería ingenuo pensarlo. Pero sí creo, con convicción, que cambia las condiciones de la conversación. Con datos abiertos, comparables y validados internacionalmente, investigadores, gobiernos y organizaciones tienen ahora un punto de partida común para discutir hacia dónde deben crecer nuestras ciudades.
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