Ciudad de México,
Mario Velázquez
Crédito foto: Sergio F Cara (NotiPress)
Existe una ilusión muy cara que persigue a los ejecutivos latinoamericanos: la de que trabajar más horas equivale a producir más valor. Es una trampa cultural, casi un orgullo nacional. México lo demuestra con cifras brutales: es el país de la OCDE donde más horas se trabaja al año —más de 2,200 horas por trabajador—, y al mismo tiempo uno de los menos productivos del bloque, generando apenas 30 dólares por hora frente a los 77 de Estados Unidos o los 153 de Irlanda. No es una paradoja; es el precio de confundir actividad con resultado, ocupación con propósito.
El libro Time Ownership: Aprópiate de tu tiempo y transforma tu vida, del consultor y speaker mexicano Diego Lainez Jamieson, llega con una provocación necesaria y refrescante: el tiempo no se administra, se conquista. Y esa distinción no es armonía semántica. Es estratégica.
Durante décadas, el mercado editorial de productividad nos ha vendido técnicas, aplicaciones y matrices para "gestionar mejor el tiempo". El problema de ese enfoque señala Lainez con claridad, es que parte de una premisa equivocada: la de que somos administradores de una agenda que otros diseñaron. El time manager organiza lo que le llega; el time owner decide qué merece su atención desde el principio.
La diferencia entre ambas mentalidades no es cosmética. El administrador se pregunta "¿cómo hago todo esto?" El dueño del tiempo se pregunta "¿debería hacer esto del todo?" Esa segunda pregunta, incómoda y muchas veces políticamente incorrecta dentro de las organizaciones, es la que separa a los ejecutivos que crecen de los que simplemente sobreviven.
El libro estructura esta transformación en cuatro pilares que funcionan como un proceso integrado, no como tips aislados:
Propósito. Sin un "para qué" claro, la productividad es solo cansancio con buena presentación. Lainez argumenta -y la evidencia conductual lo respalda- que el compromiso y la energía sostenida se multiplican cuando las tareas están conectadas con un sentido de vida genuino. Un ejecutivo que no sabe para qué trabaja puede llenar agendas durante años y seguir sintiéndose vacío.
Priorización implacable. Este es el pilar más incómodo, porque exige elegir, y elegir implica renunciar. La cultura mexicana del "sí puedo", del ejecutivo que acepta todo para no decepcionar a nadie, es uno de los principales generadores de estrés y baja productividad. Priorizar de manera implacable no es ser difícil; es ser honesto sobre los recursos finitos de cualquier ser humano: energía, atención y tiempo.
Planeación. No como ritual burocrático de agendas repletas, sino como ejercicio de soberanía anticipada. Planear desde el propósito significa diseñar semanas y días en función de lo que realmente importa, reservando bloques de trabajo profundo antes de que las urgencias ajenas colonicen el calendario.
Ejecución efectiva. Aquí el libro es particularmente práctico: gestionar energía además de horas, eliminar el mito de la multitarea (el cerebro pierde hasta 40% de eficiencia al saltar entre tareas), y dominar el arte del "no estratégico" como herramienta de protección, no de arrogancia.
Sería tentador leer Time Ownership como un manual de autoayuda para ser más eficiente. Sería un error. El libro toca, un tema sensible y del que no siempre se sale bien librado, una crisis de salud que México no ha sabido nombrar bien: el 75% de la fuerza laboral mexicana experimenta algún nivel de estrés laboral, cifra que supera a China y Estados Unidos según datos de la OMS y el IMSS. Entre 2024 y 2025, el estrés crónico afectó al 27% de los trabajadores, mientras que el estrés agudo alcanzó al 75%. Para 2026, se proyecta que casi ocho de cada diez trabajadores mexicanos enfrentarán algún nivel de burnout.
Estos números no son solo un problema de recursos humanos. Son un problema de liderazgo. Cuando un director general o un gerente medio no domina sus propias prioridades, ese caos se multiplica exponencialmente hacia sus equipos. La urgencia permanente se vuelve cultura. Las reuniones innecesarias se vuelven costumbre. La disponibilidad 24/7 se vuelve expectativa. Y al final, todos están ocupados, nadie está enfocado, y la organización avanza muy despacio a un costo humano muy alto.
Lo que propone Lainez no es solo una mejora de desempeño individual; es un modelo de liderazgo que puede sanear culturas organizacionales enteras.
Tres razones concretas:
Primero, porque el contexto laboral mexicano lo exige. Con la reforma de la jornada laboral de 40 horas ya en marcha, las empresas están obligadas a repensar cómo se genera valor. Esto no es una amenaza; es una oportunidad histórica para migrar de culturas de presentismo a culturas de resultados. Time Ownership, ofrece exactamente ese marco conceptual y práctico.
Segundo, porque la productividad real empieza en la cúpula. Un estudio citado por el Foro Económico Mundial estima que las organizaciones que invierten en bienestar integral -incluyendo el manejo intencional del tiempo- reportan mayores tasas de innovación y retención de talento. Los líderes que no modelan estos comportamientos no pueden pedírselos a sus equipos.
Tercero, porque la claridad estratégica es una ventaja competitiva. En medio de la incertidumbre económica como la que vive México en 2026, con caída en inversión, presión arancelaria y una productividad que sigue en números rojos, la capacidad de un ejecutivo para decidir con claridad qué merece su tiempo y qué no, se convierte en una habilidad diferenciadora de primer orden.
¿Cómo implementar Time Ownership en la práctica? Sin spoilear demasiado el libro —que merece cada minuto que se le dedica— hay tres puntos de entrada inmediatos para cualquier profesional:
Auditoría de tiempo real. Antes de cambiar algo, hay que saber cómo se usa el tiempo actualmente. No cómo se cree que se usa, sino cómo realmente se distribuye la atención durante la semana. Los resultados suelen ser reveladores e incómodos.
Diseño de bloques de trabajo profundo. Reservar espacios inamovibles en el calendario para las tareas de mayor impacto, antes de que las reuniones y los mensajes los colonicen. Esto no es egoísmo ejecutivo; es responsabilidad de liderazgo.
El "no" como política deliberada. Aprender a declinar reuniones, proyectos y demandas que no se alinean con las prioridades estratégicas. Cada "sí" a lo accesorio es un "no" implícito a lo esencial.
Time Ownership no es un libro perfecto —ninguna obra de productividad lo es—. Algunos lectores podrán encontrar que ciertos conceptos resuenan con ideas ya exploradas por Cal Newport en Deep Work o por Gary Keller en The One Thing. Lo que distingue el trabajo de Lainez es su enraizamiento cultural latinoamericano y su aplicabilidad en el contexto corporativo mexicano, donde las dinámicas de poder, la cultura del "sí" y el culto a la ocupación tienen características propias.
Lo que sí es innegociable es la urgencia del mensaje. Un país que trabaja más horas que cualquier otra nación de la OCDE y produce menos que la mayoría no tiene un problema de esfuerzo. Tiene un problema de propósito, prioridad y dirección. Eso aplica tanto a nivel macroeconómico como a nivel del escritorio de cada ejecutivo.
Entonces, la pregunta que Lainez plantea al cerrar el libro —y que requiere análisis, antes de revisar el correo o entrar a la próxima junta— es simple y devastadora: ¿Estás ocupado con lo que importa, o solo estás ocupado? Si la respuesta genera incomodidad, es hora de leer Time Ownership.