
Foto: NotiPress/Composición
Hace poco más de una década, Centroamérica comenzó a mirar hacia el Pacífico con un interés renovado. Costa Rica fue pionera en establecer relaciones diplomáticas con Beijing en 2007, seguido por Panamá en 2017, El Salvador en 2018 y más recientemente Honduras en 2023. Cada nuevo vínculo abría la puerta a proyectos de infraestructura, inversión privada y cooperación tecnológica.
China no llegó con discursos, sino con obras: carreteras en Costa Rica, proyectos portuarios en Panamá, telecomunicaciones en El Salvador y energía en Nicaragua. El dragón asiático ofrecía lo que Estados Unidos parecía haber dejado de lado: financiamiento rápido, inversión en sectores estratégicos y la promesa de integrarse a la Franja y la Ruta, su gran iniciativa global.
La presencia china se tradujo en capital privado y estatal que transformó industrias clave. En Honduras y Nicaragua, empresas chinas impulsaron proyectos energéticos; en Panamá, la expansión logística vinculada al Canal atrajo a corporaciones de transporte y construcción; en Costa Rica, la cooperación se reflejó en manufactura y tecnología.
Para muchos gobiernos centroamericanos, aceptar la mano de Beijing significaba diversificar socios y reducir dependencia de Washington. El comercio bilateral creció, y con él la expectativa de que la región se convirtiera en un nodo estratégico entre Asia y América.
Entonces, la diferencia entre uno y otro país en materia de Inversión Extranjera Directa (IED) hacia Centroamérica fue clara: Estados Unidos canalizó, entre 2013 y 2022, alrededor de 371 mil millones de dólares a América Latina y el Caribe, con una parte sustancial destinada a la región centroamericana en sectores como manufactura, según la CEPAL. En contraste, China invirtió cerca de 130 mil millones de dólares en el mismo periodo, de acuerdo con el Inter-American Dialogue (2024), con proyectos más focalizados en infraestructura estratégica
Trump y el regreso de la presión
Sin embargo, el tablero cambió. Con Donald Trump nuevamente en la Casa Blanca, la narrativa de "China fuera del patio trasero" resurge con fuerza. La administración se encamina a frenar la expansión de Beijing en América Latina, presionando a gobiernos que habían encontrado en China un aliado económico.
Así, la pregunta es inevitable: ¿cederán los países centroamericanos ante la presión estadounidense o defenderán los beneficios tangibles de sus alianzas con China? La respuesta no es sencilla. Estados Unidos sigue siendo el principal socio comercial y político, pero China ofrece inversiones que Washington rara vez iguala.
El escenario que se abre es de equilibrio delicado. Centroamérica podría optar por una estrategia dual: mantener la cooperación con China en sectores económicos mientras mantiene esfuerzos en la alianza política con Estados Unidos. Pero la tensión será constante, y cada decisión tendrá un costo.
Por lo tanto, la región, históricamente atrapada entre potencias, enfrenta otra encrucijada. El dragón ya dejó huella en sus puertos, carreteras y redes digitales. La pregunta es si podrá seguir respirando en un espacio donde Washington quiere imponer su hegemonía.
Una lectura entre líneas invita a estar atentos en cómo Centroamérica se mueve entre dos gigantes. Lo que está en juego no es solo inversión o diplomacia, sino la capacidad de la región de decidir su propio destino, pese a ser un vecino incómodo para Estados Unidos.
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