Ciudad de México,
Cristiano Tateshita
Crédito foto: Samara Mejía (NotiPress)
La inteligencia artificial (IA) dejó hace tiempo de ser un experimento de laboratorio para convertirse en una herramienta cotidiana del marketing contemporáneo. Anuncios, correos electrónicos, imágenes, videos y mensajes generados por IA circulan todos los días sin que el usuario siempre sea conciente de ello. Ese vacío de transparencia está llegando a su límite.
Países como Corea del Sur ya anunciaron regulaciones que exigirán etiquetar el contenido publicitario generado por inteligencia artificial. Es una señal clara de hacia dónde se dirige el mercado global: más trazabilidad, mayor responsabilidad y menos automatización opaca. La discusión ya no gira en torno a si habrá regulación, sino a qué marcas llegarán preparadas cuando esta sea inevitable.
Durante años, la industria celebró la capacidad de la IA para "parecer humana". Hoy, ese mismo logro plantea riesgos difíciles de ignorar: desinformación compleja de rastrear, publicidad que simula cercanía sin contexto real y, sobre todo, una progresiva pérdida de confianza del consumidor.
La automatización sin aviso puede ser eficiente, pero también erosiona la credibilidad. Y en marketing, la confianza es un activo que se pierde con mucha mayor rapidez de la que se optimiza.
El etiquetado de contenido generado por IA no busca frenar la innovación, sino hacerla legible para el usuario. Así como hoy distinguimos entre contenido orgánico, patrocinado o editorial, el contenido asistido o generado por inteligencia artificial empieza a requerir su propia categoría.
No se trata de decir "esto no es humano", sino de dejar claro: "Esto fue creado con ayuda de IA, bajo la responsabilidad de la marca".
En términos prácticos, etiquetar contenido implica identificar anuncios, textos o imágenes creados total o parcialmente con IA, mantener trazabilidad sobre qué sistema los produjo y asumir responsabilidad humana sobre el mensaje final. La IA puede ejecutar, pero la marca sigue siendo responsable.
Aquí, el sector inmobiliario es especialmente sensible a este debate. Comprar una vivienda no es una decisión impulsiva; es una elección de alto impacto emocional y financiero.
Sin etiquetado, los riesgos son claros: anuncios de propiedades generados por IA que exageran atributos, imágenes hiperrealistas que no representan el producto final o respuestas automatizadas que simulan asesoría personalizada. Todo ello puede generar expectativas irreales y conflictos posteriores.
Un enfoque ético y regulado implica utilizar la IA para generar borradores de anuncios y descripciones, validar el contenido mediante equipos humanos y permitir que el usuario sepa cuándo interactúa con un sistema automatizado. El resultado es contundente: expectativas más claras, menor fricción en el proceso comercial y mayor confianza en la marca. En bienes raíces, la transparencia no reduce conversiones; reduce conflictos.
A medida que la regulación avance, las métricas tradicionales dejarán de ser suficientes. Comienzan a ganar relevancia indicadores como la tasa de confianza del usuario, el nivel de interacción positiva con contenido etiquetado, la reducción de reclamos por expectativas no cumplidas y la retención basada en experiencias claras.
Las marcas que apuesten por la transparencia no solo cumplirán con la ley; construirán reputación medible.
Ignorar esta tendencia tiene consecuencias: ajustes reactivos ante nuevas regulaciones, pérdida de credibilidad y una dependencia excesiva de automatización no auditada. Como ocurrió con la protección de datos, quienes esperen a que la norma sea obligatoria llegarán tarde.
Hacia 2026, el escenario será más definido. El etiquetado de contenido generado por IA será estándar en la publicidad digital, las marcas deberán demostrar control humano sobre sus sistemas y la ética formará parte del performance, no solo del discurso.
Entonces, la ventaja competitiva no estará en ocultar la inteligencia artificial, sino en usarla con criterio, transparencia y responsabilidad.
Así, la inteligencia artificial no elimina la necesidad de ética; la vuelve urgente. En un entorno donde el contenido se genera a escala, la confianza será el verdadero diferenciador. Regular no es frenar el progreso, es darle reglas para que escale sin perder sentido. En 2026, las marcas no competirán por quién usa más IA, sino por quién la utiliza de forma más clara, responsable y confiable. La automatización sin rostro será ruido. La IA con ética será estrategia.