
Foto: Sergio F Cara (NotiPress/Composición)
En días recientes, tanto en México como en Estados Unidos, han surgido diversas polémicas relacionadas con la regulación de la inteligencia artificial. En el caso de México, la llamada Ley Serrano puso de manifiesto cómo una ley que en apariencia busca regular el uso de la inteligencia artificial es, en realidad, utilizada como instrumento para coartar la libertad de expresión. En Estados Unidos, la reciente pugna por impedir que Anthropic exportara sus modelos de IA más poderosos -revertida días después- así como la sugerencia de Sam Altman de que la administración pública de Estados Unidos tenga una participación del 5% en OpenAI, dejan entrever el férreo control que la administración pública de cada país busca tener sobre la inteligencia artificial.
Dos tipos de regulación
Si bien ambos casos ejemplifican la ineludible relación que la industria privada deberá tener con las políticas de cada país, la regulación en cada uno tiene tintes distintos. Mientras que en México se busca una regulación más protectora y restrictiva, Estados Unidos busca lo opuesto, según acaba de expresarlo Sriram Krishnan, hasta hace poco asesor de Trump en temas de IA: que la regulación sobre esta tecnología no sea rígida ni centralizada, a pesar de que la temporal prohibición de Trump sobre la exportación de modelos pudiera dar una idea distinta.
Esto se debe, evidentemente, a la realidad económica de ambos países e, irónicamente, cada uno probablemente debería haber optado por la postura de su vecino si lo que buscáramos fuese un mundo más parejo para todos. Me explico: si México continúa por un camino restrictivo, en lugar de fomentar el desarrollo de nuevas tecnologías, verá cortada su posibilidad de construir una industria que ha demostrado ser capaz de generar una enorme cantidad de riqueza. Una vez más, en lugar de "subirse al tren", parece que México ha entrado en pánico y no está apostando de forma decisiva por desarrollar esta industria.
Por otro lado, Estados Unidos, con la enorme responsabilidad que conlleva ser líder de la industria, busca que la regulación sea la menor posible, porque ello generaría una cantidad importante de riqueza para sus empresas —lo cual puede poner en riesgo la propia democracia— como lo han analizado diversos estudios y como lo evidencia la realidad del compadrazgo entre las grandes tecnológicas y el gobierno de Trump.
Reflejo de una realidad mal entendida
Esta postura de ambos países es, tristemente, reflejo de algo que sucede también en diversos ámbitos de nuestro mundo actual: quienes lideran, muchas veces en el afán de mantenerse como tales en una realidad tan competida, adoptan de una u otra forma el lema que caracterizó durante mucho tiempo a Mark Zuckerberg: move fast and break things, sin importar que lo que termine rompiéndose sea el propio tejido social.
También, quienes no lideran, sino que están rezagados, presentan el fenómeno opuesto: quizá por miedo o quizá simplemente por incapacidad, adoptan una postura más regulada y prudente.
Me parece que, si tomamos el ejemplo de la IA como revelador de este fenómeno, podemos explicar de manera relativamente sencilla por qué existe esa enorme disparidad tecnológica y económica entre empresas y naciones: si el que va corriendo quiere correr aún más rápido, y el que apenas va trotando piensa que es mejor caminar, la distancia entre ambos —sean naciones o empresas— seguirá agrandándose.
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