De Nepal a los Andes: el riesgo de inundaciones glaciares que también enfrenta Argentina

 28-08-2026
Martín Olivera
   
Portada | Argentina
Foto: Martin Olivera (Composición/NotiPress)

Foto: Martin Olivera (Composición/NotiPress)

Una inundación repentina en una montaña remota puede parecer un problema distante hasta que antecedentes similares aparecen a miles de kilómetros. El desastre ocurrido entre Nepal y Tíbet volvió a mostrar cómo agua, hielo, rocas y sedimentos pueden recorrer valles con enorme velocidad.

Aunque la causa exacta del episodio continúa bajo investigación, el caso reavivó la atención sobre las inundaciones por desborde de lagos glaciares. Este fenómeno, conocido como Glacial Lake Outburst Flood o GLOF, puede liberar enormes volúmenes de agua cuando falla una barrera natural.

Sobre la cordillera argentina se combinan condiciones capaces de favorecer episodios comparables, como la presencia de glaciares, lagunas de montaña y laderas inestables. El riesgo tampoco depende únicamente del colapso directo de un glaciar.

Avalanchas, deslizamientos, lluvias intensas o diques naturales pueden desencadenar descargas súbitas con gran capacidad destructiva. Esa combinación vuelve decisivo el monitoreo en sectores de montaña donde existe mayor exposición humana.

Antecedentes que muestran el alcance del riesgo

San Juan ofrece uno de los antecedentes más contundentes documentados en Argentina durante las últimas décadas. En noviembre de 2005, la Laguna de los Erizos liberó aproximadamente 32,1 millones de metros cúbicos de agua en apenas 67 minutos.

El flujo recorrió unos 254 kilómetros en doce horas y afectó caminos, cultivos y localidades como Barreal, Sorocayense y La Isla. La baja densidad poblacional evitó víctimas fatales, pero el episodio mostró hasta dónde puede avanzar una descarga de esa magnitud.

Mendoza también registra antecedentes vinculados con movimientos glaciares y bloqueos naturales en zonas de alta montaña. El avance del glaciar Plomo bloqueó el río del mismo nombre y estuvo asociado con inundaciones durante 1934 y 1985.

En 1934, la crecida destruyó sectores del Ferrocarril Trasandino y dañó instalaciones importantes en la provincia. Ese antecedente demuestra que los movimientos de hielo también pueden alterar cursos de agua y generar consecuencias alejadas del punto inicial.

Más al sur, investigaciones de la Universidad de Buenos Aires documentaron eventos históricos en el Parque Nacional Los Glaciares. Un episodio en el lago Sucia liberó alrededor de cinco millones de metros cúbicos entre 1966 y 1968.

Otro desbordamiento, registrado en 1913 en el lago Piedras Blancas, descargó hasta 1,3 millones de metros cúbicos de agua. Ambos casos aportan evidencia de que estos procesos forman parte de la historia geomorfológica de los Andes argentinos.

Más personas expuestas en zonas de montaña

Muchos antecedentes ocurrieron en áreas con poca población y escasa infraestructura, una condición que hoy cambió en varios destinos turísticos. Senderos, campamentos, alojamientos y nuevas actividades aumentaron la presencia humana en sectores donde existen amenazas geológicas identificadas.

x @NepalPoliceHQ

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Esa mayor exposición modifica el impacto potencial, porque una descarga repentina puede alcanzar caminos, instalaciones y áreas utilizadas regularmente por visitantes. El Chaltén, en Santa Cruz, concentra parte de esa atención por la inestabilidad de laderas cercanas a la Laguna Torre.

Diversos especialistas señalaron que un deslizamiento podría desplazar agua hacia el río Fitz Roy y generar una situación comprometida. El Servicio Geológico Minero Argentino y estudios de la Universidad de Buenos Aires mantienen seguimiento sobre esa zona.

También existen antecedentes de daños en el Canal Upsala, donde un derrumbe generó en 2013 una ola con grandes bloques de hielo. El episodio arrancó árboles y destruyó instalaciones del embarcadero de bahía Onelli.

Nepal funciona así como una advertencia visible sobre un peligro que los Andes argentinos ya conocen por sus propios antecedentes. Monitoreo, estudios de riesgo, alertas tempranas y planificación territorial pueden reducir la exposición antes de una nueva descarga repentina.




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