
Foto: Martin Olivera (Composición/NotiPress)
Pensar en vivir más tiempo puede resultar atractivo, hasta que la pregunta deja de ser cuántos años sumar y pasa a ser cómo vivirlos. Una encuesta del Observatorio de Psicología Social Aplicada, perteneciente a la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, exploró precisamente esa tensión.
Según el estudio, el 89% de los participantes considera probable que la ciencia aumente significativamente la esperanza de vida durante las próximas tres décadas. Dentro de ese grupo, 30% expresó plena confianza y 59% respondió que probablemente ocurrirá, mostrando un optimismo amplio pero todavía moderado.
Con la edad también cambia la percepción, mientras los menores de treinta años expresan mayor escepticismo frente a la solidez de los avances actuales. Solo 8% de ese grupo los considera ciencia consolidada, mientras 40% los interpreta principalmente como una promesa de marketing. Entre las personas mayores de sesenta años, en cambio, el entusiasmo frente a estas posibilidades resulta casi dos veces mayor.
Vivir más no significa querer vivir para siempre
La expectativa científica no se traduce automáticamente en un deseo de prolongar la existencia sin límites ni condiciones personales. El 83% prefiere vivir 90 años con plena salud antes que alcanzar 150 años con limitaciones físicas importantes.
Apenas 17% elegiría una vida indefinida, mientras la edad ideal mencionada por la mayoría se aproxima a los 89 años. La diferencia aparece también frente al rejuvenecimiento, porque 52% aceptaría un tratamiento seguro para recuperar la condición física de los treinta años.
Otro 35% consideraría esa posibilidad, pero solo 27% estaría dispuesto a recibir una terapia para vivir indefinidamente. La continuidad digital genera todavía menos interés, ya que apenas un 15% aceptaría que una inteligencia artificial preservara recuerdos para interactuar después de la muerte.
Frente a la inmortalidad, los principales reparos de los participantes no estuvieron relacionados con razones religiosas ni demográficas. La mitad de quienes la rechazan considera que "la muerte forma parte de la vida", mientras otro 27% teme el aburrimiento de una existencia interminable.
Salud, autonomía y vínculos marcan el límite
Las relaciones personales aparecen como una condición decisiva cuando los participantes imaginan los efectos de vivir durante mucho más tiempo. El 54% solo aceptaría prolongar considerablemente su vida si las personas que ama también pudieran acceder a esa posibilidad.
Además, 70% identifica "ver morir a las personas que quiero" como el aspecto más doloroso de sobrevivir durante mucho más tiempo. Ese resultado coincide con otra respuesta frecuente, porque compartir más tiempo con nuestros seres más cercanos aparece como el beneficio potencial más valorado.
La autonomía también pesa, y apenas 4% priorizaría vivir muchos años sin considerar primero las condiciones de salud y bienestar. El dilema se vuelve todavía más concreto cuando 60% rechaza vivir 200 años si eso significara trabajar hasta los 150.
En conjunto, los hallazgos muestran que sumar años resulta atractivo principalmente cuando significa conservar salud, lucidez, autonomía y compañía. Vivir más aparece así como una posibilidad condicionada por la calidad de esa vida, no simplemente por su duración.
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