Bogotá,
Martín Olivera
Crédito foto: Martin Olivera (Composición/NotiPress)
Colombia sigue de cerca la posible llegada del fenómeno de El Niño ante un panorama que podría comprometer lluvias, embalses y producción agrícola. Las señales observadas en el Pacífico abrieron una etapa de vigilancia sobre sus posibles efectos en el país.
En Bogotá, durante marzo de 2026, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) y el Ministerio de Ambiente activaron una alerta temprana por la posible evolución del fenómeno. La advertencia no confirma todavía un episodio pleno, pero sí plantea un escenario que exige prevención en sectores productivos y autoridades locales.
Los modelos climáticos observan un aumento sostenido de la temperatura del océano en la zona conocida como Niño-3.4. Cuando ese calentamiento se consolida, suele alterar la distribución de lluvias y elevar las temperaturas en distintas zonas del país.
Un evento de estas características puede sentirse primero en las regiones Caribe, Andina y Pacífica, donde históricamente aparecen descensos de precipitación. A partir de ese cambio, crecen los riesgos de sequía, incendios forestales y dificultades para sostener fuentes de abastecimiento.
La preocupación aumentó porque algunos modelos internacionales abrieron la posibilidad de un evento de gran intensidad durante este año. Parte de ese seguimiento incluso sugiere que el comportamiento del sistema climático podría acercarse a registros no vistos en muchas décadas.
Aun así, las autoridades colombianas mantienen una postura de cautela frente a la magnitud final del fenómeno. Por ahora, el país sigue en una fase de observación técnica, mientras se revisan la temperatura del mar y los vientos alisios.
Si el patrón se afianza entre junio y agosto, podrían reducirse las lluvias frente a los promedios históricos en varias zonas. Ese descenso afectaría la recarga de embalses, la humedad de los suelos y la disponibilidad de agua para hogares y actividades productivas.
La agricultura aparece entre los sectores más sensibles frente a un posible desarrollo de El Niño en 2026. Menos lluvia y más calor pueden alterar calendarios de siembra, reducir pastos, afectar cultivos y elevar costos para pequeños y medianos productores.
Este escenario también podría afectar a la ganadería por la menor disponibilidad de agua y el desgaste de las praderas. En varios territorios, un periodo seco prolongado suele traducirse en menor productividad y mayores dificultades para sostener hatos.
Otro frente de riesgo se concentra en los incendios forestales, que tienden a multiplicarse cuando baja la humedad ambiental. Esa combinación de calor, vegetación seca y menor lluvia suele poner presión adicional sobre cuerpos de agua y ecosistemas regionales.
A su vez, el sistema energético podría enfrentar efectos si disminuyen los aportes a los embalses. En un país con alta dependencia de la generación hidroeléctrica, una temporada seca obliga a reforzar el monitoreo y la planeación operativa.
En zonas rurales, la amenaza no se limita al clima ni al rendimiento de las cosechas durante algunos meses. También puede extenderse al precio de alimentos, al acceso al agua y a la estabilidad económica de comunidades que dependen del campo.