Ciudad de México,
Martín Olivera
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El deshielo de los glaciares volvió a ocupar el centro de la discusión científica por una razón concreta: el mar podría subir más de lo calculado hasta ahora. Nuevos estudios señalan que varios modelos usados para anticipar ese aumento estarían subestimando la rapidez con que ciertas masas de hielo se deforman y retroceden.
La relevancia de ese posible ajuste radica en su impacto sobre ciudades costeras, puertos, carreteras, viviendas, redes eléctricas y reservas de agua dulce cercanas al océano. Cuando las proyecciones quedan cortas, también pueden quedar cortos los planes de defensa costera, drenaje urbano y adaptación frente a inundaciones recurrentes.
Según datos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica, la velocidad del aumento del nivel del mar pasó de 1,4 milímetros anuales durante gran parte del siglo XX a 3,6 milímetros por año entre 2006 y 2015. Ese cambio acompañó el calentamiento global y el derretimiento de grandes masas de hielo, dos factores que hoy condicionan las previsiones sobre riesgos costeros.
Un estudio publicado en la revista AGU Advances puso la atención sobre una variable técnica que influye en la forma en como el hielo responde a la presión. La investigación indica que muchas simulaciones usan un valor fijo en donde no reflejan con precisión el comportamiento real del hielo en zonas dinámicas de la Antártida.
La diferencia parece menor dentro de una ecuación, pero altera la velocidad proyectada del retroceso glaciar y el volumen de agua que terminaría llegando al océano. De acuerdo con los resultados, en un escenario de deshielo moderado la diferencia entre modelos puede alcanzar el 21% después de cien años.
Bajo condiciones extremas, esa brecha puede ampliarse hasta el 35%, una variación que cambia la lectura sobre cuánto territorio costero quedaría expuesto en el futuro. El trabajo utilizó el programa BISICLES para simular el comportamiento del glaciar Pine Island, uno de los puntos más inquietantes para la comunidad científica.
Los investigadores observaron que algunos modelos parecían coincidir con el estado inicial del glaciar, pero perdían precisión al proyectar su evolución con el paso del tiempo. Ese hallazgo refuerza la necesidad de revisar los métodos usados para medir amenazas sobre costas densamente pobladas y zonas de infraestructura estratégica.
Entre las consecuencias más probables aparecen inundaciones más frecuentes, erosión del suelo, pérdida de playas y mayor presión sobre servicios básicos instalados cerca del mar. También crece el riesgo de intrusión salina, un proceso que puede afectar cultivos, acuíferos y sistemas de abastecimiento en comunidades costeras.
Una barrera submarina aparece como opción ante el avance de Thwaites
Junto con esa revisión de cálculos, otra investigación se concentró en el glaciar Thwaites, una de las masas de hielo más vigiladas de la Antártida Occidental. Científicos e ingenieros propusieron estudiar una cortina submarina flexible de 80 kilómetros para bloquear el ingreso de agua cálida hacia su base.
La idea busca ralentizar el deshielo en una zona considerada clave para la estabilidad del hielo antártico y para las proyecciones del nivel del mar. Si llegara a aplicarse, la estructura debería instalarse en condiciones extremas y soportar hielo marino, corrientes fuertes, grandes profundidades y presencia constante de icebergs.
El proyecto todavía se encuentra en una fase conceptual y requeriría pruebas técnicas, evaluación ambiental y una inversión multimillonaria antes de cualquier implementación posible. Sus autores plantean esa alternativa como una medida para ganar tiempo, no como un reemplazo de la reducción de emisiones que impulsa el calentamiento global.