Ciudad de México,
Pablo A. Ruz Salmones
Crédito foto: Sergio F Cara (NotiPress)
Recuerdo muy bien que al leer Diplomacia, de Henry Kissinger, él comentó que para entender el miedo que le tenía Europa a la Francia del siglo XVIII, valía compararlo con el pavor que generaba Alemania en el siglo XX. Esto es muestra de que, a lo largo de la historia, las regiones y las naciones pueden proyectar una imagen completamente diferente a la que generaban hace apenas unas décadas.
Hoy, múltiples personas opinan que Estados Unidos, otrora fuente de estabilidad, ha pasado a ser el mayor desestabilizador del orden mundial; un orden que, irónicamente, ellos mismos crearon. Por si fuera poco, su participación en distintas guerras alrededor del mundo, sin el mínimo asidero en principio internacional alguno, ha hecho que no únicamente se le vea como desestabilizador, sino también como fuente de una agresividad y un poderío incontrolables.
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Sobra decir, además, que la rivalidad entre China y Estados Unidos mantiene al mundo en vilo, y que una parte muy importante del mundo occidental ve con desconfianza al gigante asiático.
La gran pregunta, entonces, sobre todo para un país como México, es: ¿y hacia dónde volteamos?
La firma de la actualización del Tratado de Libre Comercio entre México y la Unión Europea (TLCUEM) representa una esperanza para un México que parece totalmente atrapado por la situación geopolítica actual.
Históricamente, Europa fue fuente de la mayor cantidad de conflictos y guerras, y tiene un pasado imperialista que, si bien aún se deja entrever en algunas de sus acciones, parece hoy completamente disminuido y relegado a un segundo plano, sobre todo cuando se le compara con el de Estados Unidos.
Así como Francia era la nación temida en el siglo XVIII -y posteriormente ya nadie le tuvo miedo-, y así como Alemania lo fue en el siglo XX antes de convertirse en fuente de estabilidad regional, hoy Europa entera, habiendo transitado su fase imperialista y en un mundo dominado por la polarización, parece emerger como un "refugio internacional", al menos para varias naciones del mundo.
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A Europa se le ha criticado recientemente por varias razones: la aparente debilidad ante ciertas situaciones y la a veces inevitable hipocresía que todas las naciones exhiben en algún momento.
No obstante la validez de varias de estas críticas, creo importante resaltar que el orden internacional construido por Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial hoy sigue teniendo defensores de peso económico considerable, incluso cuando el principal mecenas ha decidido retirarse. Ese orden, que en lo económico puede leerse como una apuesta por la cooperación y la defensa del libre mercado, aún existe; y para las empresas, que son quienes en última instancia sostienen la economía mundial, sigue representando la mejor fórmula de crecimiento que hemos encontrado.
En ese sentido, la actualización del TLCUEM es un paso en la dirección correcta. Europa puede ser un socio estratégico y muy sólido para una región como la nuestra. Y, quizá igual de importante, un socio que actualmente no tiene los reflectores puestos sobre sí y que, por ende, permite un mayor margen de maniobra y una relación mucho más fluida.
Claro que el tratado no lo es todo. Con motivo de la firma, se llevó a cabo la Cumbre Económica México-Unión Europea, a la que asistí. En ella, como bien se señaló en varios de los paneles, también hace falta el ímpetu del sector empresarial para sacarle el mayor provecho a un acuerdo tan importante.
Es defendible -y lamentable- que a lo largo de los años recientes la política económica de México, y de otros países de la región, no haya sido la mejor. Pero en esta ocasión reitero que la firma de este tratado me parece un paso muy importante en la dirección correcta.
Ahora nos toca a nosotros, como empresarios, aprovechar esta oportunidad y lograr así el crecimiento económico de nuestros negocios y, por consiguiente, de nuestros países.