
Foto: Lente Artemieff
El análisis de vómito fosilizado del Jurásico permitió obtener nuevas pistas sobre la alimentación de los plesiosaurios, reptiles marinos que habitaron los océanos durante más de 140 millones de años. Más de 20 acumulaciones de restos indigeribles encontradas frente a la costa de Noruega contienen evidencias de animales marinos que habrían formado parte de su dieta.
El paleontólogo Dirk Knaust estudió estas estructuras, conocidas como regurgititas, cuyo tamaño varía aproximadamente entre el de una nuez y un mango. La investigación fue publicada en Geological Magazine, de Cambridge University Press, y atribuye los restos probablemente a plesiosaurios criptoclídidos.
Dentro del material fosilizado, Knaust identificó conchas de bivalvos, serpúlidos, crinoideos y restos de belemnites. La combinación resulta relevante porque corresponde a organismos con conchas, tubos o estructuras duras asociados con el ambiente marino.
Esta composición llevó al investigador a buscar un animal suficientemente grande para ingerir esas presas y posteriormente expulsar fragmentos que podían alcanzar 10 centímetros o más. El responsable también debía tener hábitos compatibles con la alimentación en el fondo marino.
La identificación, sin embargo, requirió considerar diferentes candidatos. Knaust evaluó primero invertebrados, incluidos cefalópodos, pero el tamaño y la composición del material no coincidían. Los restos atribuidos a peces también resultaban demasiado pequeños.
La investigación consideró después tiburones y cocodrilos, animales presentes en aquel ecosistema jurásico. Sin embargo, estos depredadores se alimentaban principalmente de peces y el investigador no encontró evidencias de esqueletos de peces entre los restos regurgitados.
El caso se volvió más complejo por el hallazgo de un hueso y coprolitos —heces fosilizadas— a pocos centímetros de una de las acumulaciones. Una tomografía computarizada permitió determinar que el hueso correspondía a un ictiosaurio, reptil marino de aspecto similar al de los delfines, aunque sin parentesco con ellos.
La proximidad llevó inicialmente a considerar al ictiosaurio como posible responsable. No obstante, Knaust comparó la composición del material con otros restos conocidos y terminó descartando esa posibilidad. La forma irregular y dispersa, la mineralogía y la elevada presencia de comida sin digerir también ayudaron a distinguir las regurgititas de los coprolitos encontrados en el área.
"El plesiosaurio coincide más que ningún otro animal en cuanto a tamaño y alimentación", afirmó Knaust. La conclusión se suma a investigaciones anatómicas anteriores que plantean que estos reptiles de cuello largo podían dirigir la cabeza hacia el fondo para recolectar presas.
Los plesiosaurios no habrían podido triturar completamente con sus dientes las conchas y otros elementos duros. La hipótesis presentada sostiene que el estómago compactaba los restos indigeribles antes de expulsarlos en forma de bolitas, un mecanismo comparable con la regurgitación observada actualmente en otros animales.
El lugar donde aparecieron los fósiles proporcionó otra pista. Los moluscos identificados necesitaban condiciones estables de salinidad propias del mar abierto, pero las regurgititas quedaron depositadas en un antiguo delta donde la entrada de agua dulce modificaba continuamente esas condiciones.
Para explicar esa diferencia, Knaust propone que los plesiosaurios consumieron las presas en aguas más profundas y posteriormente se desplazaron hacia zonas costeras, donde expulsaron los elementos que no podían digerir. El investigador considera posible que se acercaran a esas aguas para descansar después de alimentarse.
Los ejemplares lograron sobrevivir millones de años debido a condiciones particulares de conservación. El material estaba compactado y cubierto por mucosidad, mientras algunos grupos quedaron rápidamente enterrados por sedimentos fluviales o terminaron dentro de madrigueras excavadas por crustáceos.
Los plesiosaurios alcanzaban entre dos y 13 metros de longitud. Los criptoclídidos relacionados por Knaust con estas regurgititas medían aproximadamente entre cuatro y ocho metros y vivieron desde el Jurásico Medio hasta el Cretácico Inferior.
Para el investigador, estos restos muestran cómo evidencias diferentes de los esqueletos pueden ayudar a reconstruir el comportamiento de especies desaparecidas. El contenido de una regurgitación fosilizada permite aproximarse no solo a qué comía un animal extinto, sino también a dónde obtenía sus presas y cómo procesaba los componentes que no podía digerir.
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