
Foto: NotiPress/Composición
Durante la década reciente, nos convencimos de que más tecnología siempre era sinónimo de progreso: más velocidad, más pantallas, más eficiencia. Más, más es mejor.
En medios digitales, esa lógica se tradujo en una hiperconectividad permanente, producción infinita de contenido y una carrera interminable por estar en todos lados, todo el tiempo. Sin embargo, algo está cambiando… no de forma abrupta ni ideológica, sino gradual y casi silenciosa: estamos volviendo paulatinamente a lo analógico como un acto de desintoxicación.
Creo que no se trata de volver al pasado, ni de nostalgia, ni de un rechazo a la tecnología, sino de una respuesta racional a la saturación digital. Cada vez más reportes de personas (jóvenes) que están reduciendo su tiempo frente a pantallas y retoman actividades físicas, manuales y off-line; están recuperando el control a su propio ritmo en un entorno que empuja todo a la máxima velocidad. Internet dejó de ser escaso y hoy es abundante hasta el cansancio: el contenido es infinito, cada vez más parecido entre sí y producido a un ritmo que rebasa la capacidad humana de atención.
Aunque la inteligencia artificial (IA) no creó este problema, sí aceleró el contexto. Automatizando la generación de textos e imágenes, vislumbrando un futuro marcado por contenido sintético infinito y una creciente dificultad para distinguir lo real de lo artificial. Multiplicando exponencialmente los estímulos por segundo. Convirtiendo nuestra atención en el recurso más disputado en las economías digitales.
Lo analógico empieza a funcionar como una tecnología lenta dentro de un mundo diseñado para la interrupción constante:
- Un vinilo no permite saltar canciones compulsivamente. NEXT.
- Un VHS no sugiere contenido relacionado mientras ves la película. SKIP.
- Un libro impreso no compite con todo tipo de notificaciones. PING, PING, PING.
- Un teléfono básico reduce la fragmentación mental. RING.
Son experiencias cerradas y finitas, hasta predecibles, que no prometen optimizaciones ni rendimientos, sino algo más escaso: un respiro.
Varios reportes muestran el cansancio emocional evidente de y por los medios digitales, que están diseñados para mantenernos comparándonos, reaccionando, midiendo nuestra relevancia en tiempo real. La exposición permanente (nos) desgasta.
Además, varios estudios recientes comprueban que la sobreestimulación y las herramientas de IA erosionan nuestra capacidad de concentración, de escucha y de presencia. De ahí que el regreso a lo analógico no es una moda estética, sino una señal cultural especialmente relevante para los que trabajamos en áreas relacionadas con la mercadotecnia y la comunicación.
En la década de 2010 empujábamos la digitalización —y la IA en años recientes— como soluciones universales: funnels interminables, mensajes personalizados a escala masiva, chatbots hablando con otros chatbots… Logramos demasiada eficiencia a costo de una conexión real mínima. El resultado, en muchos casos, fue una sensación creciente de deshumanización.
Después de la pandemia por COVID-19, se notó una preferencia hacia el face-to-face con más reuniones presenciales, más encuentros físicos, más conversaciones sin intermediarios digitales. Me parece que no es porque lo digital haya fallado, sino porque no todo puede —ni debe— ser optimizado. En un mundo donde todo puede ser generado, lo humano vuelve a importar más.
La paradoja es clara: cuanto más artificial se vuelve el entorno digital, mayor es el valor de lo tangible, lo presencial y lo verificable. Con el tiempo, desconectarse dejó de ser solo una preferencia personal y empezó a convertirse en un privilegio.
Tener margen para leer en papel, escuchar música sin interrupciones (¡con audífonos con cable!) o reunirse cara a cara exige algo cada vez más escaso: control del tiempo propio.
Lo analógico empieza a entenderse como un lujo cotidiano que se vuelve hasta exclusivo, permitiendo recuperar nuestra atención, nuestra presencia y nuestro sentido humano.
Considero que el mensaje es claro para las marcas, las empresas y los profesionales: el futuro es —y debe ser— más humano, selectivo, consciente e intencionado.
Tal vez el verdadero diferencial hacia adelante no sea quién usa más tecnología en un entorno (tan) saturado, sino quién sabe cuándo no usarla.
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