Ciudad de México,
Mario Velázquez
Crédito foto: Sergio F Cara (NotiPress/Composición)
La discusión internacional sobre inteligencia artificial atraviesa una etapa decisiva. Durante años, el debate estuvo dominado por promesas de eficiencia, automatización y crecimiento económico impulsado por las grandes corporaciones tecnológicas. Sin embargo, conforme los sistemas algorítmicos comienzan a intervenir en la información pública, la educación, el trabajo, la comunicación y la toma de decisiones, resulta imposible ignorar una pregunta central: quiénes quedan fuera del diseño de estas tecnologías y cuáles serán las consecuencias de esa exclusión.
Así, la conferencia Preserving Human Dignity in the Age of AI, organizada recientemente por el Vaticano, evidenció que la inteligencia artificial dejó de ser únicamente un asunto técnico. El encuentro reunió académicos, especialistas, periodistas y organizaciones internacionales para discutir el impacto ético y social de los sistemas automatizados en la dignidad humana. La relevancia del foro no radica sólo en su dimensión simbólica, sino en el reconocimiento de que la gobernanza tecnológica se ha convertido en uno de los grandes temas políticos y culturales del siglo XXI.
Por su parte, la decisión de la Santa Sede de impulsar esta conversación ocurre además en un momento particularmente significativo, tras la publicación de Magnífica Humanitas, la primera encíclica del Papa León XIV enfocada en inteligencia artificial. El Vaticano entiende que las plataformas digitales y los modelos algorítmicos no sólo procesan datos; también moldean percepciones sociales, jerarquizan visibilidad cultural y condicionan formas de participación pública.
Dentro de este escenario destacó la participación de Paola Ricaurte, académica del Tecnológico de Monterrey y única representante latinoamericana en una conversación estratégica sobre el futuro ético de la inteligencia artificial. Su intervención aportó una perspectiva que frecuentemente permanece ausente en las discusiones globales dominadas por potencias tecnológicas: la exclusión cultural también es una forma de desigualdad digital.
El señalamiento de Ricaurte sobre la incapacidad de un chatbot para generar texto en mixe, lengua indígena hablada por más de cien mil personas en México, expone con claridad una falla estructural de los modelos contemporáneos de IA. Aquello que no existe dentro de las bases de datos globales corre el riesgo de desaparecer simbólicamente del entorno digital. Lenguas, conocimientos y comunidades enteras pueden quedar relegadas porque los sistemas fueron entrenados bajo criterios de mercado, productividad y concentración lingüística.
También, la gravedad de este problema suele minimizarse bajo el argumento de que la inteligencia artificial continuará evolucionando y eventualmente incorporará mayor diversidad. Sin embargo, esa visión ignora que la tecnología no se desarrolla de manera neutral. Los modelos de IA responden a prioridades económicas, políticas y culturales definidas principalmente por empresas y gobiernos con enorme capacidad de influencia global. La pregunta no es solamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino para quién está siendo diseñada.
En América Latina existe una paradoja particularmente compleja. Mientras gobiernos, universidades y empresas aceleran la incorporación de herramientas de IA en educación, servicios y productividad, la región todavía participa de manera marginal en la construcción de los marcos tecnológicos que definirán el futuro digital. Existe consumo tecnológico, pero limitada incidencia en las decisiones estructurales sobre representación cultural, regulación ética y soberanía de datos.
[link1]
Por ello resulta relevante que instituciones académicas latinoamericanas comiencen a ocupar espacios internacionales de discusión. La participación del Tecnológico de Monterrey en este tipo de foros fortalece una línea de investigación que combina innovación tecnológica con análisis crítico sobre derechos humanos, cultura digital y desigualdad algorítmica. Ese enfoque interdisciplinario será cada vez más necesario frente a tecnologías capaces de influir en sistemas educativos, procesos democráticos y dinámicas laborales.
De manera que la inteligencia artificial no puede evaluarse únicamente desde indicadores de eficiencia o competitividad. También debe analizarse desde su capacidad para ampliar o restringir derechos, reconocer diversidad cultural y preservar la pluralidad del conocimiento humano. El problema central no es la automatización en sí misma, sino la posibilidad de construir sistemas que reproduzcan las mismas exclusiones históricas que han marcado el desarrollo económico y tecnológico global.
Entonces, la discusión impulsada desde el Vaticano confirma que el futuro de la inteligencia artificial ya no pertenece exclusivamente a ingenieros o corporaciones tecnológicas. Se trata de una disputa intelectual sobre poder cultural, representación social y dignidad humana. En ese debate, voces como la de Paola Ricaurte toman protagonismo porque promueven mirar aquello que suele permanecer invisible: las comunidades que podrían quedar fuera de la nueva arquitectura digital global si la diversidad y la inclusión continúan tratándose como asuntos secundarios.