Ciudad de México,
Judith Moreno
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El hallazgo reciente sobre la posibilidad de que ciertos microorganismos terrestres persistan durante décadas en cráteres lunares oscuros reavivó el interés científico por estos entornos extremos. Investigadores del Centro de Investigación en Ciencias de la Tierra y el Espacio de la Universidad de York presentaron un modelo en la Conferencia de Ciencias Lunares y Planetarias en Texas, enfocándose en la resistencia de esporas bacterianas frente a las condiciones particulares de zonas polares permanentemente sombreadas.
Según el doctor John E. Moores, responsable principal del estudio, el modelo aplicado en cráteres del polo sur de la Luna arrojó datos reveladores. En Shackleton, formación de 4.2 kilómetros de profundidad, las esporas podrían mantenerse intactas por al menos 30 años. En Faustini, con 39 kilómetros de diámetro, la duración se extiende a más de tres décadas, alcanzando hasta 46.5 años en sectores menos expuestos a la radiación. Estas cifras subrayan la singularidad de los cráteres, cuyo aislamiento térmico y ausencia de luz solar crean condiciones favorables para la longevidad de estructuras biológicas simples.
Estos entornos no permitirían actividad ni desarrollo microbiano. Sin embargo, las esporas permanecerían viables, resistiendo temperaturas cercanas al cero absoluto y presiones extremadamente bajas. Una vez muertas, sus compuestos orgánicos seguirían presentes, representando una fuente potencial de contaminación para futuros análisis científicos.
Varias agencias espaciales, incluida la NASA, contemplan estos cráteres como áreas prioritarias para investigaciones futuras. La razón principal radica en la hipótesis de que el hielo de agua podría hallarse en sus interiores, protegido por la oscuridad perpetua. La posible presencia de microorganismos extraterrestres también convierte estos sitios en laboratorios naturales para estudios astrobiológicos.
Garantizar que los equipos enviados no alteren estos lugares es una preocupación creciente. Durante las misiones Apolo, residuos humanos fueron dejados deliberadamente en la superficie lunar, lo que sirve como precedente para analizar la capacidad involuntaria de introducir materia biológica terrestre fuera del planeta. Con el regreso previsto de misiones tripuladas dentro del programa Artemis, se intensifica la necesidad de adoptar medidas rigurosas para minimizar impactos biológicos en estos ecosistemas lunares.
Frente a este escenario, los cráteres en penumbra se perfilan como entornos extremos de alto valor científico, comparables a nichos análogos de cuerpos celestes lejanos. El estudio liderado por Moores no solo aporta datos técnicos valiosos, sino que también plantea interrogantes sobre los límites de la resistencia microbiana fuera del planeta y sus implicaciones para la exploración espacial.
Analizar correctamente los resultados obtenidos en estos enclaves requiere establecer una línea de base biológica clara, sin interferencias previas. Para ello, se hace indispensable protegerlos frente a cualquier rastro orgánico originado por la presencia humana o por las cargas de los módulos de aterrizaje. Esta cautela contribuirá a mantener la integridad científica de futuras misiones.
Las condiciones extremas de los cráteres oscuros permiten observar la durabilidad de la vida en suspensión. También revelan su valor para convertirse en espacios clave en la investigación espacial. Estos lugares, ocultos durante milenios, ahora se perfilan como puertas abiertas a un conocimiento más profundo del universo.